lunes, 16 de julio de 2012

Nuestra señora del Carmen

Desde los antiguos ermitaños que se establecieron en el Monte Carmelo, Los Carmelitas han sido conocidos por su profunda devoción a la Santísima Virgen. Ellos interpretaron la nube de la visión de Elías (1 Reyes 18, 44) como un símbolo de la Virgen María Inmaculada.  Ya en el siglo XIII, cinco siglos antes de la proclamación del dogma, el misal Carmelita contenía una Misa para la Inmaculada Concepción.


En las palabras del Papa Benedicto XVI, 15,VII,06: 
"
El Carmelo, alto promontorio que se yergue en la costa oriental del Mar Mediterráneo, a la altura de Galilea, tiene en sus faldas numerosas grutas naturales, predilectas de los eremitas. El más célebre de estos hombres de Dios fue el gran profeta Elías, quien en el siglo IX antes de Cristo defendió valientemente de la contaminación de los cultos idolátricos la pureza de la fe en el Dios único y verdadero. Inspirándose en la figura de Elías, surgió al Orden contemplativa de los «Carmelitas», familia religiosa que cuenta entre sus miembros con grandes santos, como Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Teresa del Niño Jesús y Teresa Benedicta de la Cruz (en el siglo, Edith Stein). Los Carmelitas han difundido en el pueblo cristiano la devoción a la Santísima Virgen del Monte Carmelo, señalándola como modelo de oración, de contemplación y de dedicación a Dios. María, en efecto, antes y de modo insuperable, creyó y experimentó que Jesús, Verbo encarnado, es el culmen, la cumbre del encuentro del hombre con Dios. Acogiendo plenamente la Palabra, «llegó felizmente a la santa montaña» (Oración de la colecta de la Memoria), y vive para siempre, en alma y cuerpo, con el Señor. A la Reina del Monte Carmelo deseo hoy confiar todas las comunidades de vida contemplativa esparcidas por el mundo, de manera especial las de la Orden Carmelitana, entre las que recuerdo el monasterio de Quart, no muy lejano de aquí [Valle de Aosta]. Que María ayude a cada cristiano a encontrar a Dios en el silencio de la oración.


La estrella del Mar y los Carmelitas
Los marineros, antes de la edad de la electrónica, dependían de las estrellas para marcar su rumbo en el inmenso océano. De aquí la analogía con La Virgen María quien como, estrella del mar, nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo.
Por la invasión de los sarracenos, los Carmelitas se vieron obligados a abandonar el Monte Carmelo. Una antigua tradición nos dice que antes de partir se les apareció la Virgen mientras cantaban el Salve Regina y ella prometió ser para ellos su Estrella del Mar.  Por ese bello nombre conocían también a la Virgen porque el Monte Carmelo se alza como una estrella junto al mar.

Los Carmelitas y la devoción a la Virgen del Carmen se difunden por el mundo
La Virgen Inmaculada, Estrella del Mar, es la Virgen del Carmen, es decir a la que desde tiempos remotos se venera en el Carmelo. Ella acompañó a los Carmelitas a medida que la orden se propagó por el mundo. A los Carmelitas se les conoce por su devoción a la Madre de Dios, ya que en ella ven el cumplimiento del ideal de Elías. Incluso se le llamó: "Los hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo". En su profesión religiosa se consagraban a Dios y a María, y tomaban el hábito en honor ella, como un recordatorio de que sus vidas le pertenecían a ella, y por ella, a Cristo.
La devoción a la Virgen del Carmen se propagó particularmente en los lugares donde los carmelitas se establecieron.
Virgen del Carmenescapulario
Escapulario carmelita


El escapulario es un sacramental Un sacramental es un objeto religioso que la Iglesia haya aprobado como signo que nos ayuda a vivir santamente y a aumentar nuestra devoción. Los sacramentales deben mover nuestros corazones a renunciar a todo pecado, incluso al venial. El escapulario, al ser un sacramental, no nos comunica gracias como hacen los sacramentos sino que nos nos disponen al amor a Dios y a la verdadera contrición del pecado si los recibimos con devoción. Los seres humanos nos comunicamos por símbolos. Así como tenemos banderas, escudos y también uniformes que nos identifican. Las comunidades religiosas llevan su hábito como signo de su consagración a Dios. Los laicos no pueden llevar hábito, pero los que desean asociarse a los religiosos en su búsqueda de la santidad pueden usar el escapulario. La Virgen dio a los Carmelitas el escapulario como un hábito miniatura que todos los devotos pueden llevar para significar su consagración a ella. Consiste en un cordón que se lleva al cuello con dos piezas pequeñas de tela color café, una sobre el pecho y la otra sobre la espalda. (ver ilustración arriba). Se usa bajo la ropa. Junto con el rosario y la medalla milagrosa, el escapulario es uno de los mas importantes sacramentales marianos. Dice San Alfonso Ligorio, doctor de la Iglesia: "Así como los hombres se enorgullecen de que otros usen su uniforme, así Nuestra Señora Madre María está satisfecha cuando sus servidores usan su escapulario como prueba de que se han dedicado a su servicio, y son miembros de la familia de la Madre de Dios." ¿Cómo se originó el escapulario? La palabra escapulario viene del Latín "scapulae" que significa "hombros". Originalmente era un vestido superpuesto que cae de los hombros y lo llevaban los monjes durante su trabajo. Con el tiempo se le dio el sentido de ser la cruz de cada día que, como discípulos de Cristo llevamos sobre nuestros hombros.  Para los Carmelitas particularmente, pasó a expresar la dedicación especial a la Virgen Santísima y el deseo de imitar su vida de entrega a Cristo y a los demás.



Virgen del CarmenLa Virgen María entrega el escapulario el 16 de julio de 1251 En el año 1246 nombraron a San Simón Stock general de la Orden Carmelita. Este comprendió que, sin una intervención de la Virgen, a la orden le quedaba poco tiempo. Simón recurrió a María poniendo la orden bajo su amparo, ya que ellos le pertenecían. En su oración la llamó "La flor del Carmelo" y la "Estrella del Mar" y le suplicó la protección para toda la comunidad. En respuesta a esta ferviente oración, el 16 de julio de 1251 se le aparece la Virgen a San Simón Stock y le da el escapulario para la orden con la siguiente promesa: "Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los Carmelitas: quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno" Aunque el escapulario fue dado a los Carmelitas, muchos laicos con el tiempo fueron sintiendo el llamado de vivir una vida mas comprometida con la espiritualidad carmelita y así se comenzó la cofradía del escapulario, donde se agregaban muchos laicos por medio de la devoción a la Virgen y al uso del escapulario. La Iglesia ha extendido el privilegio del escapulario a los laicos. La Santísima Virgen se apareció al Papa Juan XXII en el siglo XIV y le prometió para quienes cumplieran los requisitos de esta devoción que "como Madre de Misericordia con mis ruegos, oraciones, méritos y protección especial, les ayudaré para que, libres cuanto antes de sus penas, (...) sean trasladadas sus almas a la bienaventuranza". Explicación de la Promesa: Muchos Papas, santos y teólogos católicos han explicado que, según esta promesa, quien tenga la devoción al escapulario y lo use, recibirá de María Santísima a la hora de la muerte, la gracia de la perseverancia en el estado de gracia (sin pecado mortal) o la gracia de la contrición (arrepentimiento). Por parte del devoto, el escapulario es una señal de su compromiso a vivir la vida cristiana siguiendo el ejemplo perfecto de la Virgen Santísima. El escapulario tiene 3 significados: 1) El amor y la protección maternal de María: El signo es una tela o manto pequeño. Vemos como María cuando nace Jesús lo envuelve en un manto. La Madre siempre trata de cobijar a sus hijos. Envolver en su manto es una señal muy maternal de protección y cuidado. Señal de que nos envuelve en su amor maternal. Nos hace suyos. Nos cubre de la ignominia de nuestra desnudes espiritual. Vemos en la Biblia: -Dios cubrió con un manto a Adán y Eva después de que pecaron. (manto - signo de perdón)

miércoles, 13 de junio de 2012

HISTORIA DEL SANTO ROSARIO DE LA MADRE TERESA DE CALCUTA

 JIM Castle estaba cansado cuando abordo el avión una noche de 1981. Después de una semana llena de reuniones y seminarios, ahora descansaba tranquilo en su asiento agradecido de volver a casa: Kansas City.

En cuanto más pasajeros abordaban el avión, más se oía el murmullo de sus conversaciones mezcladas con el sonido de los equipajes de mano guardándose en los compartimientos. De repente, un silencio... Jim volvio su cabeza para ver que pasaba. Se quedó boca-abierta.

Caminando por el pasillo, venían dos monjas vestidas en hábitos blancos con un borde azul. El reconoció esa cara a la primera mirada: piel arrugada, ojos cálidos. La misma cara que estaba en la portada de la revista TIME , y que siempre aparecía en el noticiero de televisión.  Las dos monjas se detuvieron y Jim reconoció que su compañera de vuelo seria nadie mas que la propia Madre Teresa.

En cuanto los pasajeros estaba acomodados, Madre Teresa y su compañera sacaron sus rosarios. Cada decena de cuentas, tenia diferente color. 'Cada decena representa varias areas del mundo' - le dijo, 'Rezo por los pobres y moribundos de cada continente' - añadió.

Comenzó el vuelo, las dos monjas comenzaron a rezar, dejando oir solo murmullos. Aunque Jim no se consideraba católico practicante y asistir a la Iglesia no era su hábito, inexplicablemente se encontró envuelto en el rezo.

Cuando hubieron terminado, Madre Teresa se volvió hacia él. Por primera vez Jim entendió a que se refiere la gente cuando hablan acerca de un 'aura'.  Una sensación de paz lo envolvió.

'joven' -le dijo
'Rezas El Rosario frecuentemente?' -preguntó
'No' - admitió.
Ella tomó la mano de Jim. Mirándolo a los ojos, sonrió: 'Bueno, lo harás de ahora en adelante' - replicó, mientras dejaba caer su Rosario en la palma de la mano de Jim.

Una hora mas tarde, en el aeropuerto de Kansas , describió a Ruth su esposa lo ocurrido, y el por qué traía un Rosario en la mano. 'Es como encontrarse con una verdadera hermana de Dios' - decía.

Nueve meses mas tarde, visitaron a una amiga de hacía mucho tiempo:  Connie.  Connie tenia cáncer en los ovarios.  'Voy a luchar, no me daré por vencida' -decía Connie cuando Jim recordó El Rosario que Madre Teresa le había dado. Después de contar la historia le dijo Jim a Connie: 'Quédatelo, puede que te sirva' 'Gracias, espero poder regresartelo' - contestó Connie.

Pasó más de un año... Connie regresó El Rosario.  'Lo mantuve conmigo todo el tiempo' –dijo.  'El médico dijo que no sería fácil, he tenido cirugía, quimioterapia; pero el mes pasado, los médicos hicieron una segunda cirugía,
y el tumor ha desaparecido!!!' –añadió, 'por eso te regreso El Rosario' - dijo agradecida.

En el otoño de 1987, Liz cuñada de Jim cayó en una gran depresión después del divorcio. Le pidió prestado El rosario a Jim. Ella lo colgó en el respaldar de la cama y cuando se sentía deprimida, lo tomaba en sus manos, rezaba El Rosario y literalmente sentía que no estaba sola. 'Era como si una mano me consolaba' -dijo.

Gradualmente, Liz mejoró su vida, y regresó El Rosario a Jim. Entonces, una noche en 1988, una llamada de teléfono: Un amigo que tenía a su mamá en coma pedía prestado El Rosario.

Esta familia, tenía la esperanza que con éste Rosario , su mamá pudiera morir en paz; y así fue: 'La enfermera nos dijo que mi mamá oía, entonces le expliqué la historia de este Rosario y fue como si su semblante se relajara, lo
sujetó todo el tiempo, hasta que minutos mas tarde, se nos fue' -explicó.

Hay poderes especiales en esas cuentas? o es el poder del rezo del Santo Rosario ?

Madre Teresa llevaba consigo todo lo que poseía en una bolsita: El Rosario.
Trato de recordar lo que de veras cuenta: no es el dinero, ni títulos, o lo que poseamos. Es el amor que tenemos a los demás
.

Pidamos al Señor que a traves de su Madre, La Virgen Maria , sean derramadas sobre nosotros abundantes bendiciones.

Siente la libertad de pasar este correo a tus amigos y recordarles el poder que tiene el rezo del Santo Rosario .

En la vida necesitamos ser fuertes y a traves de la Gracia de Dios, alcanzamos perseverancia.
ES HERMOSO RESPETAR AL PROJIMO Y AMARLO, ES COMO AMARNOS A NOSOTROS MISMOS, YA QUE ELLOS SON NUESTRO REFLEJO.

Leí esta historia en Selecciones hace muuuuuuchos años. Me conmovió. Ahora que me lo enviaron lo comparto porque nos dice mucho del poder de la oración.

Por lo que leí, Mr. Castle, aún conserva el rosario de Madre Teresa.

Origen del Santo Rosario


La palabra “rosario” viene del latín que significa guirnalda de rosas, siendo que la rosa es una de las flores mas utilizadas para simbolizar a la Virgen María.

Se dice que el Rosario fue instituido por Santo Domingo de Guzmán, el fundador de la Orden de Predicadores, conocidos como los Dominicos. Pero, sin quitarle a Santo Domingo su aporte, el origen remoto del Rosario es anterior a Santo Domingo.

De hecho, siglos antes de este Santo fundador, los monjes recitaban de manera regular todo el Salterio (la colección de 150 Salmos de la Sagrada Escritura). Pero sucedía que los hermanos legos que formaban parte de las comunidades monacales era analfabetos y no podían leer los Salmos. Para ellos se ideó una forma de oración que pudiera ser fácilmente memorizable.

La primera oración que se escogió para repetir unas 50 o 100 veces, dependiendo de las circunstancias, fue el Padre Nuestro. A raíz de este ejercicio repetitivo y para facilitar el conteo, surgió en Inglaterra un gremio de artesanos especializados en fabricar lo que hoy conocemos como un rosario. De hecho, hay en Londres una calle llamada “Pater Noster Row” (Hilera de Padre Nuestros), la cual recuerda la zona en que estos artesanos fabricaban estas cuentas.

Los rosarios que fueron originalmente utilizados para contar los Padre Nuestros, a partir del Siglo XII fueron utilizados para comenzar a contar “Salutaciones Angélicas”, que eran la primera mitad de lo que hoy conocemos como el Ave María. (“Jesús” y la segunda parte de esta oración fue agregada algún tiempo después, en 1483). Cada Ave María se seguía con la alusión de un pasaje evangélico en forma de jaculatoria, las cuales llegaron a ser unas 300.

¿Cuál es, entonces, el verdadero aporte de Santo Domingo de Guzmán? El Rosario, como hoy lo conocemos, surgió en el Siglo XV y se hizo muy popular por la predicación de un Sacerdote Dominico, Alan de Rupe (+1475). La creencia de que la devoción del Santo Rosario fue revelada a Santo Domingo (+1221) se basaba en una visión de Rupe sobre Santo Domingo y el Rosario.

La historia cuenta que la Santísima Virgen se le apareció a Santo Domingo mostrándole una bella guirnalda de rosas, pidiéndole que rezara diariamente el Rosario y que enseñara a la gente a rezar el Rosario.

En 1521 el Rosario fue simplificado por el dominico Alberto de Castello, quien escogió 15 pasajes evangélicos (los que ahora conocemos como 15 misterios). Luego el Papa San Pío V (1566-1572) definió mediante una bula el Rosario como lo conocemos hoy.

Y en nuestra época el Papa Juan Pablo II revitalizó el Rosario, añadiendo a los 15 Misterios ya conocidos, 5 Misterios más, referidos a la vida pública de Jesucristo. En la Carta Apostólica “El Rosario de la Virgen María” defiende y promueve esta práctica oracional mariana, además de presentar una amplia sustentación bíblica y teológica para esta devoción, intentando estimular a los Católicos a utilizarla más extensivamente y mostrando a los no-Católicos la bondad de esta oración.

miércoles, 21 de marzo de 2012

SAN JOSÉ ESPOSO DE MARÍA y PADRE VIRGINAL DE JESUS

 FIESTA: 19 de marzo
Modelo de padre y esposo, patrón de la Iglesia universal, de los trabajadores, de infinidad de comunidades religiosas y de la buena muerte.
A San José Dios le encomendó la inmensa responsabilidad y privilegio de ser esposo de la Virgen María y custodio de la Sagrada Familia. Es por eso el santo que más cerca esta de Jesús y de la Stma. Virgen María.
 Nuestro Señor fue llamado "hijo de José" (Juan 1:45; 6:42; Lucas 4:22) el carpintero (Mateo 12:55).
No era padre natural de Jesús (quién fue engendrado en el vientre virginal de la Stma. Virgen María por obra del Espíritu Santo y es Hijo de Dios), pero José lo adoptó y Jesús se sometió a el como un buen hijo ante su padre. ¡Cuánto influenció José en el desarrollo humano del niño Jesús! ¡Qué perfecta unión existió en su ejemplar matrimonio con María!
 San José es llamado el "Santo del silencio" No conocemos palabras expresadas por él, tan solo conocemos sus obras, sus actos de fe, amor y de protección como padre responsable del bienestar de su amadísima esposa y de su excepcional Hijo. José fue "santo" desde antes de los desposorios. Un "escogido" de Dios. Desde el principio recibió la gracia de discernir los mandatos del Señor. 

Las principales fuentes de información sobre la vida de San José son los primeros capítulos del evangelio de Mateo y de Lucas. Son al mismo tiempo las únicas fuentes seguras por ser parte de la Revelación. 

San Mateo (1:16) llama a San José el hijo de Jacob; según San Lucas (3:23), su padre era Heli.  Probablemente nació en Belén, la ciudad de David del que era descendiente. Pero al comienzo de la historia de los Evangelios (poco antes de la Anunciación), San José vivía en Nazaret. 

Según San Mateo 13:55 y Marcos 6:3, San José era un "tekton". La palabra significa en particular que era carpintero. San Justino lo confirma (Dial. cum Tryph., lxxxviii, en P. G., VI, 688), y la tradición ha aceptado esta interpretación.

Si el matrimonio de San José con La Stma. Virgen ocurrió antes o después de la Encarnación aun es discutido por los exegetas. La mayoría de los comentadores, siguiendo a Santo Tomás, opinan que en la Anunciación, la Virgen María estaba solo prometida a José.  Santo Tomás observa que esta interpretación encaja mejor con los datos bíblicos. 

Los hombres por lo general se casaban muy jóvenes y San José tendría quizás de 18 a 20 años de edad cuando se desposó con María. Era un joven justo, casto, honesto, humilde carpintero...ejemplo para todos nosotros. 

La literatura apócrifa, (especialmente el "Evangelio de Santiago", el "Pseudo Mateo" y el "Evangelio de la Natividad de la Virgen María", "La Historia de San José el Carpintero", y la "Vida de la Virgen y la Muerte de San José) provee muchos detalles pero estos libros no están dentro del canon de las Sagradas Escrituras y no son confiables. 

Amor virginal 
Algunos libros apócrifos cuentan que San José era un viudo de noventa años de edad cuando se casó con la Stma. Virgen María quien tendría entre 12 a 14 años. Estas historias no tienen validez y San Jerónimo las llama "sueños". Sin embargo han dado pie a muchas representaciones artísticas. La razón de pretender un San José tan mayor quizás responde a la dificultad de una relación virginal entre dos jóvenes esposos. Esta dificultad responde a la naturaleza caída, pero se vence con la gracia de Dios. Ambos recibieron extraordinarias gracias a las que siempre supieron corresponder. 

En la relación esposal de San José y la Virgen María tenemos un ejemplo para todo matrimonio.  Nos enseña que el fundamento de la unión conyugal está en la comunión de corazones en el amor divino. Para los esposos, la unión de cuerpos debe ser una expresión de ese amor y por ende un don de Dios.  San José y María Santísima, sin embargo, permanecieron vírgenes por razón de su privilegiada misión en relación a Jesús.  La virginidad, como donación total a Dios, nunca es una carencia; abre las puertas para comunicar el amor divino en la forma mas pura y sublime. Dios habitaba siempre en aquellos corazones puros y ellos compartían entre sí los frutos del amor que recibían de Dios. 

El matrimonio fue auténtico, pero al mismo tiempo, según San Agustín y otros, los esposos tenían la intención de permanecer en el estado virginal. (cf.St. Aug., "De cons. Evang.", II, i in P.L. XXXIV, 1071-72; "Cont. Julian.", V, xii, 45 in P.L.. XLIV, 810; St. Thomas, III:28; III:29:2). 

Pronto la fe de San José fue probada con el misterioso embarazo de María. No conociendo el misterio de la Encarnación y no queriendo exponerla al repudio y su posible condena a lapidación, pensaba retirarse cuando el ángel del Señor se le apareció en sueño: 

"Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Así lo tenía planeado, cuando el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Despertado José del sueño, hizo como el Angel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer." (Mat. 1:19-20, 24).

Unos meses mas tarde, llegó el momento para S. José y  María de partir hacia Belén para apadrinarse según el decreto de Cesar Augustus. Esto vino en muy difícil momento ya que ella estaba en cinta. (cf. Lucas 2:1-7).
 

En Belén tuvo que sufrir con La Virgen la carencia de albergue hasta tener que tomar refugio en un establo. Allí nació el hijo de la Virgen. El atendía a los dos como si fuese el verdadero padre. Cual sería su estado de admiración a la llegada de los pastores, los ángeles y mas tarde los magos de Oriente. Referente a la Presentación de Jesús en el Templo, San Lucas nos dice: "Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él".(Lucas 2:33). 

Después de la visita de los magos de Oriente, Herodes el tirano, lleno de envidia y obsesionado con su poder, quiso matar al niño. San José escuchó el mensaje de Dios transmitido por un ángel: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.» Mateo 2:13.  San José obedeció y tomo responsabilidad por la familia que Dios le había confiado.

San José tuvo que vivir unos años con la Virgen y el Niño en el exilio de Egipto.   Esto representaba dificultades muy grandes: la Sagrada familia, siendo extranjera, no hablaba el idioma, no tenían el apoyo de familiares o amigos, serían víctimas de prejuicios, dificultades para encontrar empleo y la consecuente pobreza. San José aceptó todo eso por amor sin exigir nada.  
Una vez mas por medio del ángel del Señor, supo de la muerte de Herodes: "«Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño.»  El se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel.  Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea". Mateo 2:22. 

Fue así que la Sagrada Familia regresó a Nazaret. Desde entonces el único evento que conocemos relacionado con San José es la "pérdida" de Jesús al regreso de la anual peregrinación a Jerusalén (cf. Lucas 2, 42-51).  San José y la Virgen lo buscaban por tres angustiosos días hasta encontrarlo en el Templo.  Dios quiso que este santo varón nos diera ejemplo de humildad en la vida escondida de su sagrada familia y su taller de carpintería. 

Lo mas probable es que San José haya muerto antes del comienzo de la vida pública de Jesús ya que no estaba presente en las bodas de Canaá ni se habla mas de él. De estar vivo, San José hubiese estado sin duda al pie de la Cruz con María. La entrega que hace Jesús de su Madre a San Juan da también a entender que ya San José estaba muerto. 

Según San Epifanius, San José murió en sus 90 años y la Venerable Bede dice que fue enterrado en el Valle de Josafat. Pero estas historias son dudosas. 


La devoción a San José se fundamenta en que este hombre "justo" fue escogido por Dios para ser el esposo de María Santísima y hacer las veces de padre de Jesús en la tierra.  Durante los primeros siglos de la Iglesia la veneración se dirigía principalmente a los mártires. Quizás se veneraba poco a San José para enfatizar la paternidad divina de Jesús. Pero, así todo, los Padres (San Agustín, San Jerónimo y San Juan Crisóstomo, entre otros), ya nos hablan de San José.  Según San Callistus, esta devoción comenzó en el Oriente donde existe desde el siglo IV, relata también que la gran basílica construida en Belén por Santa Elena había un hermoso oratorio dedicado a nuestro santo.
San Pedro Crisólogo: "José fue un hombre perfecto, que posee todo género de virtudes" El nombre de José en hebreo significa "el que va en aumento. "Y así se desarrollaba el carácter de José, crecía "de virtud en virtud" hasta llegar a una excelsa santidad.
En el Occidente, referencias a (Nutritor Domini) San José aparecen  en el siglo IX en martirologios locales y en el 1129 aparece en Bologna la primera iglesia a él dedicada.  Algunos santos del siglo XII comenzaron a popularizar la devoción a San José entre ellos se destacaron San Bernardo, Santo Tomás de Aquino, Santa Gertrudiz y Santa Brígida de Suecia. Según Benito XIV (De Serv. Dei beatif., I, iv, n. 11; xx, n. 17), "La opinión general de los conocedores es que los Padres del Carmelo fueron los primeros en importar del Oriente al Occidente la laudable práctica de ofrecerle pleno culto a San José".

En el siglo XV, merecen particular mención como devotos de San José los santos Vicente Ferrer (m. 1419), Pedro d`Ailli (m. 1420), Bernadino de Siena (m. 1444) y Jehan Gerson (m. 1429).  Finalmente, durante el pontificado de Sixto IV (1471 - 84), San José se introdujo en el calendario Romano en el 19 de Marzo. Desde entonces su devoción ha seguido creciendo en popularidad.  En 1621 Gregorio XV la elevó a fiesta de obligación. Benedicto XIII introdujo a San José en la letanía de los santos en 1726.

San Bernardino de Siena  "... siendo María la dispensadora de las gracias que Dios concede a los hombres, ¿con cuánta profusión no es de creer que enriqueciese de ella a su esposo San José, a quién tanto amaba, y del que era respectivamente amada? " Y así, José crecía en virtud y en amor para su esposa y su Hijo, a quién cargaba en brazos en los principios, luego enseñó su oficio y con quién convivió durante treinta años.
Los franciscanos fueron los primeros en tener la fiesta de los desposorios de La Virgen con San José. Santa Teresa tenía una gran devoción a San José y la afianzó en la reforma carmelita poniéndolo en 1621 como patrono, y en 1689 se les permitió celebrar la fiesta de su Patronato en el tercer domingo de Pascua. Esta fiesta eventualmente se extendió por todo el reino español. La devoción a San José se arraigo entre los obreros durante el siglo XIX.  El crecimiento de popularidad movió a Pío IX, el mismo un gran devoto, a extender a la Iglesia universal la fiesta del Patronato (1847) y en diciembre del 1870 lo declaró Santo Patriarca, patrón de la Iglesia Católica. San Leo XIII y Pío X fueron también devotos de San José. Este últimos aprobó en 1909 una letanía en honor a San José.

Santa Teresa de Jesús   "Tomé por abogado y señor al glorioso San José." Isabel de la Cruz, monja carmelita, comenta sobre Santa Teresa: "era particularmente devota de San José y he oído decir se le apareció muchas veces y andaba a su lado."
"No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo...No he conocido persona que de veras le sea devota que no la vea mas aprovechada en virtud, porque aprovecha en gran manera a las almas que a El se encomiendan...Solo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no le creyere y vera por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso patriarca y tenerle devocion..." -Sta. Teresa.
San Alfonso María de Ligorio nos hace reflexionar: "¿Cuánto no es también de creer aumentase la santidad de José el trato familiar que tuvo con Jesucristo en el tiempo que vivieron juntos?" José durante esos treinta años fue el mejor amigo, el compañero de trabajo con quién Jesús conversaba y oraba. José escuchaba las palabras de Vida Eterna de Jesús, observaba su ejemplo de perfecta humildad, de paciencia, y de obediencia, aceptaba siempre la ayuda servicial de Jesús en los quehaceres y responsabilidades diarios. Por todo esto, no podemos dudar que mientras José vivió en la compañía de Jesús, creció tanto en méritos y santificación que aventajó a todos los santos.
Bibliografía: Souvay, Charles L., Saint Joseph, Catholic Encyclopedia,   Encyclopedia Press, Inc. 1913.
Foto: San José con el niño Jesús; Convento de las Visitantinas, Ciudad del Este, Paraguay. /- Padre Jordi Rivero.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

ESPIRITUALIDAD MARIANA Y CONSAGRACIÓN A MARÍA

Espiritualidad cristiana y Espiritualidad mariana
 
Elementos de la vida espiritual

            a) La espiritualidad mariana es una forma de vivir el desarrollo de la vida de la gracia, a ejemplo de María y bajo su acción maternal. Es decir: con un matiz mariano.
            La vida sobrenatural o de la gracia tiene una estructura y un desarrollo similar al de la vida natural humana. El principio de vida, depositado en el ser humano, es el alma racional. Actúa y se desarrolla mediante unas fuerzas, o potencias que llegan a su plenitud y perfección cuando alcanzan la meta de su expansión, profundización y objetivación.
            El alma humana está dotada de unas potencias espirituales: memoria, entendimiento y voluntad. Mediante ellas logra su perfeccionamiento y desarrollo, llenando su capacidad de conocer y amar. Toda acción espiritual es perfeccionamiento de la potencia y del principio de vida, que es el alma humana.
            b) El organismo sobrenatural tiene un principio de vida, a modo del alma humana. Es la gracia santificante, que es una participación misteriosa de la misma vida de Dios: de su santidad y de su amor. Participación de esa vida nueva que Jesús comunicó a los hombres con su muerte y resurrección, y de la que hace participantes a sus seguidores: He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia (Jn. 10, 10).
            Este organismo sobrenatural es como un nuevo ser que se le comunica al hombre, para que realice su máxima perfección, que será consumada en la bienaventuranza eterna. Para conseguir está perfección cuenta con unas fuerzas, o potencias de actuación, de expansión y de perfeccionamiento. Son ante todo las virtudes teologales: fe, esperanza y
caridad, que teniendo por objeto la misma vida de Dios, confieren al alma una mayor participación en esa misma vida.
            Cuenta al mismo tiempo con otros auxilios sobrenaturales, que ayudan eficazmente al desarrollo de la vida sobrenatural, como las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza; las virtudes morales y los dones del Espíritu Santo.
 
El desarrollo de la vida espiritual

            El desarrollo de la vida sobrenatural es paralelo al desarrollo de la gracia y de las virtudes. Mediante su ejercicio, la acción de la gracia va perfeccionando más y más las potencias. La gracia misma va posesionándose más ampliamente de la vida del alma; las virtudes imprimen en ella su sello y su dinamismo, mediante sus acciones y operaciones. De esa suerte, la persona humana se mueve y actúa por razones y motivos sobrenaturales, más que por las fuerzas de su naturaleza, o por razones humanas.
            El desarrollo de la vida sobrenatural no viene a ser otra cosa que la realización del plan salvífico de Dios en las almas. Ese plan, que es el cumplimiento del designio del amor de Dios para los hombres, tiene su fundamento y su contenido en el decreto del mismo Dios, que nos predestinó para ser en todo conformes a la imagen de su Hijo, Jesucristo (Rom. 8, 29).
            El cumplimiento de este plan exige una configuración del alma de cada cristiano con el alma de Jesús; una identificación lo más perfecta posible con sus mismos sentimientos, con su modo de ser y de pensar, con su actitud espiritual de amor y de entrega en el cumplimiento de la voluntad de Dios su Padre, para el bien de los hombres. Jesús, aunque es Hijo de Dios, no desdeñó ser uno de nosotros y hacerse en todo semejante a nosotros excepto en el pecado (Cf. Phil. 2, 6).
            San Pablo aconsejaba con insistencia a los cristianos la imitación perfecta de Cristo; participar de la plenitud de la vida de Dios, íntimamente unidos a El, y revistiéndose de sus mismos sentimientos (cf. Phil. 2, 5; Rom. 13, 24). La base y la substancia de esta identificación con Cristo es la gracia y la caridad, la fuerza del amor, capaz de transformar Ios sentimientos del alma, haciéndolos entera-mente espirituales.
            La caridad viene de Dios y lleva a Dios. La transformación espiritual del alma en él, mediante el ejercicio del amor, puede llegar a ser tan profunda, que se puede hablar de una identificación con Cristo, de un revestimiento de Cristo, de una vida en Cristo. San Pablo y otros Santos llegaron a esta vivencia profunda de su identificación con Jesús. Vivo yo; mas ya no yo; es Cristo quien vive en mí, decía San Pablo (Gal. 2, 20). La transformación espiritual del alma en Dios puede ser total. El alma, en ese caso, se mueve y vive más en la atmósfera de Dios, que en su propia vida natural. La Virgen María es quien llegó a gozar la más alta transformación espiritual en Dios. Santa Teresa de Jesús, en los últimos años de su vida, vivía casi de continuo con esa experiencia. También llegó a experimentar en sí misma la fuerza de la frase de San Pablo: Vivo yo; pero es Cristo quien vive en mí.
            Esa es la meta a que deben aspirar las almas espirituales. La vida espiritual está abierta a todas esas maravillosas posibilidades; porque el desarrollo de la gracia es ilimitado. María puede ser camino para llegar a esas altas cimas de la santidad y de la vida de gracia.
 
María y la vida espiritual

            En este ejercicio de vida espiritual y de identificación del alma con Cristo, la Virgen María tiene una presencia y una acción singular. Ella fue la realización más perfecta de la vida de Jesús; Ella es el camino para acercarnos a cristo, que es camino para ir al Padre.  Decía el Papa Pablo VI:
            «Si nos preguntamos hoy cuál es el camino central y derecho en este mundo terreno, que nos conduce a aquella Humanidad de Cristo, en la que descubrimos y encontramos la revelación de Dios y nuestra salvación, la respuesta es pronta y bellísima: ese camino es la Señora, es María Santísima, es
la Madre de Cristo, y por eso Madre de Dios y Madre nuestra. María es siempre senda que conduce a Cristo».
            Vivir esta realidad de la presencia y de la acción de María en el alma es vivir la espiritualidad mariana. El sentido de esta espiritualidad no es homologable con otras formas particulares de espiritualidad, que dan cierta preeminencia, o acentúan un estilo de vida, o la práctica de algunas virtudes concretas. Por ejemplo: la espiritualidad litúrgica, que se centra en la práctica de los actos y ejercicios de la liturgia; la espiritualidad teresiana, que adopta y sigue el estilo de la oración mental según la enseñanza de Santa Teresa; la espiritualidad monástica, que se desarrolla en medio del silencio monacal; la espiritualidad franciscana, que practica el seguimiento de Cristo en pobreza de espíritu.
            La espiritualidad mariana es algo más universal, más radical y excelente, en armonía con la función Universal que la Virgen María tiene en la Iglesia, y con el puesto privilegiado que ocupa en la historia de la salvación. Este puesto, dice el concilio Vaticano II, es el más alto después de Cristo y el más cercano a nosotros (LG 54).
            María ocupa ese puesto en virtud de los dos grandes privilegios de que está adornada y que, definen su ser; o por razón de la doble función para la que fue predestinada juntamente con la Encarnación del Verbo, antes de la constitución del mundo: ser Madre del Hijo de Dios y ser su colaboradora en la obra de la redención. O lo que es lo mismo: Madre de Dios y Madre de los hombres y de la
Iglesia.
            Por su maternidad divina María ocupa el puesto más alto, muy cercano al de Cristo. Por su maternidad espiritual sobre los redimidos, tiene un puesto muy cercano a nosotros, porque es nuestra Madre en el orden de la gracia. Una Madre nunca está distanciada de sus hijos.
 
María, presencia indispensable en la vida espiritual

            Esta situación singularísima de María en el misterio de la salvación da origen a unas relaciones especiales entre Ella y los redimidos de carácter espiritual. Como Madre y colaboradora a la salvación, ella ocupa ese puesto privilegiado, a que nos hemos referido antes. Pues bien: Pablo VI nos ha recordado en varias ocasiones que en consecuencia debe ocupar un puesto distinguido también en la vida cristiana, en el desarrollo de la vida espiritual y en la profesión de fe de los cristianos. Ella debe influir positivamente en la vivencia de toda la vida cristiana.
            Este influjo no puede ser algo que dependa del gusto, o del capricho de las personas. Hay que afirmar que es un elemento positivo necesario e indispensable, sin el cual el alma no puede llegar a la plenitud de la vida en Cristo.
            El puesto que María ocupa en el plan salvífico de Dios ha sido determinado y prefijado por el mismo Dios. Y es un plan de salvación, cuya estructura no puede cambiar. Por eso, la presencia activa de María en la vida espiritual de las almas es necesaria e indispensable, porque pertenece al plan salvifico de Dios.
            El Papa Pablo VI formuló una afirmación de grande transcendencia en el año 1975, ante la mayor representación de los mariólogos de todo el mundo. Comentando aquel texto de San Pablo: Cuando llegó la plenitud de los tiempos envió Dios al mundo a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos (Gal. 4.4), e interpretándolo a la luz de la enseñanza del Concilio Vaticano II, afirmó que se puede deducir legítimamente de ese texto que María entra a formar parte «esencial» del misterio de la salvación.
            Afirmación magnífica que corrobora cuanto la Iglesia ha sentido y enseñado a lo largo de los siglos. Dicha afirmación, traducida en términos de vida espiritual, o de espiritualidad equivale a lo que el mismo Papa Pablo VI enseñó, dirigiéndose a los fieles de Cerdeña, ante la imagen de Nuestra Señora de Bonaria (24.4.1970) : «Si queremos ser cristianos debemos ser marianos». Es decir: debemos vivir en unión espiritual con María, debemos vivir una vida mariana. No es posible vivir en plenitud la vida cristiana, sin una vivencia consciente y acentuada del misterio de María.
 
Presencia y acción de Maria en las almas 

a) Espiritualidad mariana es vivir la acción y la presencia de María en el alma; conceder a la Virgen María la importancia que le corresponde en
nuestra vida espiritual, que debe estar, como hemos indicado, en correspondencia con la importancia de que Ella goza en el misterio de la salvación. Es dejarnos llevar de su amor maternal hacia su Hijo, para acercarnos más y más a El.
            Espiritualidad mariana es seguir los ejemplos de María, imitar sus virtudes, adoptar su misma actitud de sencillez, humildad y entrega ante la voluntad del Padre para la salvación de los hombres. Es pronunciar en cada momento y circunstancia de nuestra vida aquellas mismas palabras que sellaron la suya, y con la misma disposición de espíritu: Hágase en mí según tu palabra (Lc. 1, 38). Es consagrar nuestra vida y cada uno de sus instantes a la persona ya la obra de Jesús, y vivir esa consagración como Ella la vivió.
            b) Podemos resumir todo esto en una frase breve, pero expresiva: espiritualidad mariana es vivir consciente y amorosamente la presencia activa maternal de Maria en nuestra vida.
            La presencia activa de María se extiende a toda la vida de la gracia, desde su origen hasta su con sumación. Pablo VI nos lo enseña así en la breve Encíclica Signum Magnum (1697). Dice así:
            «(María) continúa ahora desde el cielo cumpliendo su función maternal de coperadora en el nacimiento y en el desarrollo de la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos».
 
            Desde el nacimiento a la gracia hasta su consumación. En toda la trayectoria de la vida espiritual, en todos sus instantes, en sus vicisitudes y vaivenes... nos encontramos con la mirada amorosa de nuestra Madre, que vela por sus hijos sin cesar.
            María se hace presente a nuestra vida ante todo mediante su acción maternal. Su influjo en las almas es la colaboración que Ella, como Madre espiritual, presta para su salvación y santificación. Dicha acción es permanente, ininterrumpida. Es una influencia de gracia, un río de luz que nunca se corta en su origen.
            El Concilio Vaticano II dice que:
«...esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin cesar, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación... hasta la consumación perfecta de todos los elegidos» (LG 62).
            Esta acción maternal no es algo abstracto e imperceptible. Muchas almas han percibido, en ocasiones de forma sensible, ese influjo y esa presencia santificadora de María. El mismo Concilio afirma que la Iglesia la experimenta continuamente (LG 62) .y recomienda ala piedad de los fieles que se abran a esa acción maternal, para unirse con mayor intimidad al Mediador y Salvador. María, camino para ir a Cristo.
            c) La acción de la Virgen María en las almas tiene dos aspectos más importantes. En primer lugar, actúa como modelo. Tiene un papel de ejemplaridad en el desarrollo de la vida espiritual; actúa con el influjo de la causa ejemplar.
            Además, y en segundo lugar, ejerce una actuación, o un influjo positivo en el alma, como causa eficiente subordinada en todo a Cristo Mediador, y dependiente de El. María es Madre y medianera de las gracias. Colabora eficientemente ala comunicación y al desarrollo vital de la gracia, lo mismo que colaboró con Jesús y bajo él a nuestra salvación.
 
El ejemplo de Maria

            a) Bajo el primer aspecto, hay que tener en cuenta que María es modelo perfecto y universal en la vida de gracia y en orden a la santificación. Y es modelo en un doble sentido:
            -en cuanto estuvo adornada de la plenitud de gracia y santidad;
            -en cuanto Ella practicó con toda perfección las virtudes fundamentales, que constituyen el entramado de la vida cristiana.
            En este doble aspecto se resume lo más esencial de la ejemplaridad de María en la vida espiritual. El Concilio Vaticano II puso de relieve estos dos elementos, dirigiéndose a todos los fieles.
            Por una parte, dice, la Santísima Virgen ha alcanzado ya la perfección, la plenitud de gracia y santidad, signo de la santidad de la Iglesia; fue totalmente santa e inmune de toda mancha de pecado (LG 56). Asunta gloriosamente a los cielos, brilla ante la Majestad de Dios como el signo de la Iglesia, que ha de ser glorificada y que camina a su plenitud, y como el ideal y el símbolo de todo cristiano.
            Por otra parte, María -dice el mismo Concilio-, resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos (LG 65).
            En particular, es modelo en el orden de la fe, la esperanza y la encendida caridad; de la obediencia rendida al Padre; modelo por su disponibilidad y apertura para escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica; por su acción apostólica, llena de amor a Dios ya los hombres. Modelo de las disposiciones espirituales con que el cristiano debe participar en la liturgia de la Iglesia. Modelo en su virginidad incontaminada, corporal y espiritual; modelo de la actitud fundamental del hombre frente a Dios. Ejemplo y maestra de vida espiritual para cada uno de los cristianos, la llama el Papa Pablo VI (MC 21); y «modelo de aquel culto que consiste en hacer de la propia vida una ofrenda a Dios» (MC 21).
            Modelo de vida de oración y de almas contemplativas y consagradas a Dios en el apostolado, modelo de amor a Dios ya los hombres.
b) María tiene una ejemplaridad singular para los cristianos, porque ella fue como una encarnación viviente y la más perfecta del Evangelio, después de Jesús mismo. En Ella se hizo carne el Evangelio, el Verbo de Dios, Palabra de verdad y
de vida. Ella reflejó siempre su verdad y su mensaje. María fue la mejor realización del Evangelio de Jesús. Todo su ser, su feminidad transida y sublimada por la maternidad divina, estuvo orientado hacia Dios y hacia la salvación de los hombres, sus hermanos, en actitud generosa de acogida, de apertura y de servicio al plan de la salvación. Ella fue, en una palabra, dice el Papa Pablo VI, la primera
V la más perfecta discípula de Cristo, lo cual tiene un valor universal V permanente (MC 35).
            La ejemplaridad de María para los cristianos es de orden espiritual, no natural ni sociológico. Por eso, su imitación debe tener como centro y meta sus actitudes espirituales, más que sus condiciones históricas de vida, sociales o meramente humanas.
            Es oportunísima a este respecto la norma y la orientación dada por el Papa Pablo VI. Dice así:
            “La Virgen Maria ha sido propuesta siempre por la Iglesia a la imitación de los fieles, no precisamente por el tipo de vida que Ella llevó, y tanto menos por el ambiente socio-cultural en que se desarrolló, hoy día superado en casi todas sus partes; sino porque en sus condiciones concretas de vida Ella se adhirió total y responsablemente a la voluntad de Dios (Lc. I, 38); porque acogió la palabra y la puso en práctica; porque su acción estuvo animada por la caridad y por el espíritu de servicio...” (MC 35).
            Esta es la imagen evangélica de María, que irradia ejemplaridad para los cristianos; no esas imágenes raquíticas, que nos presentan algunos comen-taristas de hoy, hechas casi exclusivamente a base de los retazos humanos y socioreligiosos de la vida de Nuestra Señora. Esa es la imagen que nos ofrece la revelación divina, interpretada por la Iglesia. Y esa es la imagen que ha contemplado siempre la misma Iglesia, y que nos la ofrece en su liturgia y en la vida de los Santos.
            Esta es la imagen auténtica de María, modelo eximio de la condición femenina y ejemplo limpísimo de vida evangélica (Pablo VI, MC 36), capaz de renovar la vida de los cristianos y de plasmar en ellos los más sublimes ideales de santificación y servicio a la Iglesia.
 
El influjo de María

            a) María ejerce un influjo en la vida de los cristianos verdadero y eficiente, no sólo porque los mueve y conduce a su imitación, mediante su riquísima y poderosa ejemplaridad; sino también porque realiza una verdadera acción eficiente en el desarrollo de su gracia. Este influjo eficiente, que viene a ser un aspecto concreto de su acción salvífica en el misterio de la salvación, es ante todo una acción maternal.
            María estuvo Íntimamente asociada con su Hijo Jesucristo por disposición divina en la realización de la obra de la redención de los hombres. Fue predestinada juntamente con la Encarnación del Verbo para ser en el tiempo la Madre del Redentor y su Socia y compañera inseparable, colaboradora en el misterio de la redención. Ella misma, como nos enseña el Vaticano II, al aceptar la palabra de Dios en el momento de la Anunciación: Hágase en mí según tu palabra, y al ser hecha Madre de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la
persona ya la obra de Jesús, tomando parte con El y bajo El en el misterio de la redención, con la gracia de Dios omnipotente (cf. LG 56).
            A través de los misterios y momentos de su vida, la Virgen María prestó una colaboración espiritual, para la redención de los hombres, de manera especial, durante su presencia en el Calvario, cuando su Hijo moría en la cruz.
            Esta participación y este influjo en la salvación de los hombres no dimanan de una necesidad ineludible, sino del beneplácito divino y de la sobreabundancia de los méritos de Jesucristo. Nacen de la bondad y del amor misericordioso del Padre, que quiso asociar los méritos de la Madre a los del Hijo, para la salvación del género humano.
            De esta suerte, María, como dice el Vaticano II:
            «Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo mientras moría en la cruz, cooperó de forma enteramente singular a la obra del Salvador, con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad, con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso, es nuestra Madre en el orden de la gracia (LG 61).
            Es lo mismo que había afirmado el Papa Pío XII
en la Encíclica Hauríetís Aquas: Dice así:
            “Por voluntad de Dios, en la realización de la obra de la redención humana. la Santísima Virgen María estuvo indisolublemente unida a Cristo, hasta el punto de que nuestra salvación fluye del amor de Jesucristo y de sus padecimientos. unidos íntimamente con el amor y los dolores de su Santísima Madre.
            b) A esto se llama comúnmente en la teología cooperación de María a la redención objetiva. Pero, además de esto y como una consecuencia de ello, María colabora de modo análogo en la aplicación de las gracias a los redimidos y en su desarrollo a lo largo de toda su vida espiritual. El mismo puesto que Ella ocupa en el misterio de la salvación, lo ocupa también en el progreso de la vida espiritual.
Sólo así resulta completa su función maternal.
            El Concilio Vaticano II, como hemos recordado antes, enseña que la maternidad espiritual de María es una realidad permanente, una acción que no ha
pasado. María sigue actuando ahora y en este momento como Madre para los hermanos de su Hijo Jesucristo, el primogénito entre muchos hermanos...
            El Concilio se expresa de esta manera:
            «(María) es nuestra Madre en el orden de la gracia.
            Esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin cesar... hasta la consumación perpetua de todos los elegidos (LG 62).
            A continuación concreta el Concilio algunos de los aspectos de esta acción maternal de María en favor de los hombres; acción que viene a extenderse a todo el ámbito de la vida espiritual. Dice así:
            «Asunta a los cielos no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna (LG 62)"
            La múltiple Intercesión, de que habla el Concilio, indica las diversas formas que reviste la acción maternal de María en beneficio de las almas y de la Iglesia. Es una actuación positiva y constante de la Madre en favor de sus hijos de adopción. Intercede ante su Hijo, pide por nosotros, nos ayuda con sus auxilios...
            La expresión dones de la salvación, comprende toda la gama de dones, gracias y beneficios sobrenaturales; gracia santificante y gracias actuales; gracia y aumento o desarrollo de la misma; comienzo de la vida espiritual y crecimiento en ella. Todo es gracia; todos son dones que pueden conducirnos a la salvación; porque todo se deriva en el orden sobrenatural de Cristo Cabeza y de la acción maternal de María.
            En otros términos es lo que había afirmado el Papa Pablo VI en Signum Magnum: que la Virgen María cumple en el cielo su acción maternal, cooperando al nacimiento y al desarrollo de la vida divina en cada una de las almas de los redimidos...
            Nuestra gracia, la gracia de la amistad divina que santifica las almas, es esencialmente cristiana; porque proviene de Cristo. Brota de Cristo Cabeza, que es fuente de salvación eterna para cuantos creen en El. Pero, tiene también un matiz o un sello mariano. Es gracia también de María, Madre nuestra; porque Ella colaboró con su Hijo y bajo su acción salvadora a nuestra salvación, y colabora actualmente desde el cielo a nuestra santificación, íntimamente unida a Jesús, al Espíritu Santo ya la Iglesia.
c) Todo esto tiene su aplicación tanto a nivel general o universal, como a nivel de cada persona, o de cada cristiano en particular. María colaboró con Cristo a la regeneración espiritual del género humano, de toda la humanidad. Ella es la Madre de la Iglesia, como la proclamó el Papa Pablo VI el 21 de noviembre de 1964; es decir: «Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores»; Madre de Cristo Cabeza y de sus miembros, Madre del Cuerpo Místico. Es Madre de la vida espiritual de la Iglesia; de suerte que no es posible vivir esta vida en plenitud sin una referencia a María, o sin una vivencia mariana.
            Pero, María es Madre de cada uno de los redimidos; porque ha colaborado ala regeneración de cada uno en particular. Pablo VI lo ha afirmado de una manera precisa y es doctrina común en la enseñanza del magisterio de los Papas.
            María intercede ahora desde el cielo para que Dios conceda a cada redimido las gracias de la salvación, sin las cuales no es posible que la vida divina se desarrolle en las almas. Ella cuida con amor maternal, como dice el Vaticano II, de cada uno de los hermanos de su Hijo (LG 62) .Este cuidado se extiende a toda la vida de gracia; no sólo para que vivan en gracia y amistad divina; sino también para que progresen en el camino de la santificación y se identifiquen más y más con la imagen de Jesús.
            La vida de los Santos y de muchas almas anónimas es un testimonio fehaciente de esta acción particular de la Virgen María en el desarrollo y progreso de su vida espiritual. El Vaticano no ha constatado que la Iglesia experimenta esta acción maternal de María. Ella es más profunda y más fuerte cuanto el alma ha llegado aun mayor grado de santidad...

Enseñanzas de la Iglesia sobre el culto y devoción a la Virgen

   Del culto y sus fundamentos
            Culto es el reverente y amoroso homenaje que se rinde a Dios o a los santos por sus sobrenaturales excelencias.
            Y devoción significa el amor, la veneración y entrega a la voluntad de otro, de Jesucristo, de la Virgen, etc. Si esos sentimientos se fomentan y exteriorizan son ejercicios o prácticas diversas que se llaman devociones.
            El culto a la Santísima Virgen es enteramente legítimo. «María, ensalzada por Dios después de su Hijo, por encima de todos los ángeles y de todos los hombres, por ser Madre Santísima de Dios, que tomó parte en los misterios de Cristo, es justamente honrada por la Iglesia» (LG 66).
            Más aún: se le debe un culto único y singular. El culto a la Virgen es esencialmente distinto del culto de latría (o de adoración) que se rinde a Dios sólo; es decir, al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre o al Espíritu Santo. Y es también singular y distinto del que se da a los santos, porque la dignidad y excelencia de la Madre de Dios están por encima de las que son comunes a todos los santos o siervos de Dios.
            En esas pocas palabras se alude ya a los fundamentos que justifican el singularísimo culto debido a la Virgen, pero no será inútil subrayarlos con más fuerza: la Virgen es verdadera Madre de Dios, y estuvo eficazmente asociada a Jesucristo en la obra de la Redención. No se comprende que un cristiano profundice en estas verdades y sea indiferente con la Señora.
«De la maternidad divina, como de oculto manantial, proceden la gracia singularísima de Maria y su dignidad suprema, después de la de Dios» (Pío XI).
«¡Madre de Dios! ¡Qué título más inefable!... Viene a ser como un desafío que exige para Ella la más sumisa reverencia de todas las criaturas. Sólo Ella, por su dignidad, trasciende los cielos y la tierra. Ninguna entre las criaturas visibles o in-visibles. En el orden de lo creado, «N0 parece pueda existir prerrogativa más excelsa..., la cual lleva consigo la santidad y dignidad más grandes después de las de Cristo» (Pío XII).
            Pero la Virgen, además de estar unida a su Hijo como Madre, lo estuvo también en la consumación de la obra de salvación; y se puede concluir legí-timamente que «como Cristo es Rey nuestro no sólo por ser hijo de Dios, sino también por ser nuestro Redentor, así, con cierta analogía, se puede afirmar que la bienaventurada Virgen es nuestra Reina y Señora no sólo por ser Madre de Dios, sino también porque, como nueva Eva, fue asociada al nuevo Adán» en la redención del mundo (Pío XII) .Luego, de esa doble e inefable unión con Cristo se origina la «eficacia inagotable de su materna intercesión con su Hijo y con el Padre» en favor de todos los redimidos.
            Esos fundamentos son muy sabidos, pero ojalá no suceda nunca que «por sabidos» no se los tenga en cuenta.
 
Elementos de la devoción auténtica
            La verdadera devoción a la Virgen no consiste ni en un sentimiento estéril ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios y nos impulsa aun amor filial hacia nuestra Madre ya la imitación de sus virtudes (LG 67).
            Con menos palabras, en otra parte, el Concilio reduce el culto y devoción a la Virgen «a la veneración, al amor, a la invocación e imitación» (LG 66).
            Esos son los elementos constitutivos de la devoción a la Virgen; pero todo cristiano ha de saber en qué se fundan para que su devoción sea consciente y firme.
            Veneramos a la Santísima Virgen por sus excelencias:
-es Madre de Dios;
-asociada a Jesucristo en la obra de la Redención;
-Reina de cielos y tierra.
            Amamos a la Virgen porque es Madre de la Iglesia y de cada uno de nosotros en particular, ya que con su fe, con su obediencia y ardiente caridad contribuyó a restaurar la vida sobrenatural de las almas (LG 61).
            Invocamos a la Virgen y acudimos a Ella en toda necesidad porque «asunta a los cielos, no ha dejado su misión salvadora, sino que continúa obteniéndonos los dones de salvación. y con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo (de todos nosotros), que todavía peregrinan y se hallan en peligro hasta que sean conducidos ala patria bienaventurada» (LG 62).
            Hemos de imitar a la Virgen, porque es ejemplo y anticipo de la que debe ser la Iglesia. En María aprendemos la fidelidad a la gracia, la religiosidad, la entrega total al querer de Dios en cada instante.
Enseña el Concilio, en particular, que da Iglesia glorifica a Cristo cuando se hace más semejante a su excelso modelo (a María), progresando en la fe, en la esperanza y en la caridad, buscando y obedeciendo en todo a la divina voluntad» (LG 65).
            Y la Santa Iglesia recomienda la devoción a la Señora. «El Santo Concilio amonesta a todos los hijos de la Iglesia que fomenten con generosidad el culto a la Santísima Virgen, particularmente el litúrgico; que estimen en mucho las prácticas y los ejercicios de piedad hacia Ella recomendados en el curso de los siglos, y que observen escrupulosamente cuanto en tiempos pasados fue decretado acerca del culto a las imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos» (LG 67).
 
Mentalidad correcta al pensar en Maria y al engrandecerla
            Para formarse esa mentalidad, todo católico ha de seguir la «vía media» trazada por Pio XII y recibida por el Concilio, que consiste en guardarnos lo mismo de afirmaciones sin fundamentos, que de la cortedad y estrechez del alma al tratar de la singularisima dignidad de la Madre de Dios (LG 67). Yeso porque «admirando y celebrando las prerrogativas de la Madre, admiramos y celebramos la divinidad, bondad, amor y poder de su Hijo; y nunca desagradará al Hijo lo que hagamos en alabanza de su Madre, adornada por El de tantas gracias... Que superan inmensamente los dones y gracias de todos los hombres y de los ángeles» (Pío XII).
            En consecuencia, tanto en las expresiones cuando se hable de la Virgen, como en las devociones cuando se la obsequie, «ha de evitarse cuidadosamente todo aquello que pueda inducir a error acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia» (LG 67). Todo católico sabe, en efecto, que María es pura criatura, redimida por su Hijo ya El subordinada en sus oficios, aunque esté realmente asociada a su misión y ensalzada sobre toda la creación como Madre verdadera de Dios-Hombre. Pero esa advertencia no quiere decir que se evite el invocar a la
Virgen, el venerar sus imágenes, o el tenerle devoción. Eso no induce a error, aunque lo vean mal algunos que estén en el error.
            La Iglesia misma recuerda los frutos de la devoción a la Virgen. «Las diversas formas de piedad hacia la Madre de Dios (v. gr., el rosario, el mes de mayo, peregrinaciones a sus santuarios, escapularios, etc.) que la Iglesia ha venido aprobando dentro de los límites de la doctrina sana y ortodoxa, de acuerdo con las condiciones de los tiempos y lugares y teniendo en cuenta el temperamento y manera de ser de los fieles, hacen que, al ser honrada la Madre, el Hijo sea mejor conocido, amado y glorificado, y que, a la vez, sean mejor guardados sus mandamientos (LG 66) .
 
Necesidad de la devoción a la Virgen
            De ella podemos hablar como se habla de la necesidad de la Iglesia. No se trata de una necesidad absoluta; en absoluto, ni María ni la Iglesia son necesarias. La medida en que son necesarias depende de los planes de Dios que les asignó tal misión y tales funciones en la realización concreta del misterio de salvación.
            Por tanto, como puede uno salvarse en absoluto fuera de la Iglesia, es decir, perteneciendo a ella sólo de modo implícito, por su conciencia recta que estaría pronta a abrazarse con los planes de Dios, si los conociera; así pueden salvarse, por esa misma voluntad, quienes desconocen la dignidad y misión de María, que es el grande instrumento de que Dios se vale en la economía de la gracia.
            En conclusión: la devoción a la Virgen es necesaria a los adultos que conocen suficientemente a la Señora, los cuales, al rechazar positivamente su culto y devoción, caerían en grave error contra la fe y se pondrían fuera de la voluntad y orden establecidos por Dios.
            Se ha observado con razón que el marianismo o devoción a la Virgen es nota, al menos negativa, de la Iglesia de Cristo. Porque sí puede haber alguna Iglesia que, con devoción a la Virgen, esté fuera del «Único redil», pero sin esa devoción jamás Iglesia alguna será la única verdadera Iglesia de Jesucristo.
            La historia y la experiencia pastoral enseñan que dejar de lado a María es alejarse de Cristo. Y los santos y doctores han repetido, de mil modos, que, la verdadera devoción a María es señal de predestinación. 

Qué decir de la devoción imperfecta a la Virgen
            Para ser devotos de la Virgen no se requiere ser ya tan santo que se evite todo pecado, pero sí se precisa una sincera voluntad de evitarlo y de trabajar y esforzarse por vencerlo, porque el pecado ofende al Hijo ya la Madre.
            Si uno, pues, vive en pecado, su devoción será siempre imperfecta. Pero desde el fondo de su miseria ese pecador puede dolerse de su estado, puede volverse a la Señora para que tenga compasión de él y le ayude a liberarse de su miseria sin dejar ni aún entonces las oraciones con que siempre la invocaba. Que si Cristo vino a buscar a los pecadores, también María fue hecha Madre de todos para salvar a todos.
            En tales casos no procede hablar contra la devoción imperfecta ni tratar de destruirla; procúrese, más bien, perfeccionarla y, por la Virgen, levantar a los que han caído y llevarlos al Señor. Como no trataremos de desarraigar por completo la fe muerta o no válida, sino de darle vigor y eficacia para volver a Dios tantos cristianos que, creyendo y todo, se han separado de Cristo y no viven en su amor.
 
Eficacia de la devoción a la Virgen
            Hablamos de la devoción a la Virgen tal como la entiende el recto sentir del pueblo cristiano y la ha canonizado el Vaticano II. Los santos, los teólogos y maestros de espíritu no se han cansado de recomendarla para obtener la conversión de los pecadores y para llevar a las almas a la santidad.
            Dentro del plan que nos hemos impuesto, nos reducimos acopiar una página famosa sobradamente conocida: «Te exhorto a que ames siempre más y más a la Virgen Nuestra Señora. ¿Quieres escapar de los peligros que te amenazan, no sucumbir a las tentaciones, hallar consuelo en las pruebas y sobrellevar con esfuerzo la carga de tus penas? ¿Quieres permanecer estrechamente unido a Jesucristo? Venera, ama, imita a su dulcísima, purísima y santísima Madre. No lo dudes: Ella será para ti Madre amantísima si la buscas... Ha recibido de Dios el poder dispensar los tesoros de la gracia y puede levantar a los pecadores; pero sus bondades siéntenlas, sobre todo, sus finos amadores... Quien la ama es casto, quien la abraza es puro, piadoso el que la honra, y santo quien la imita. Nadie la ama que no sea amado de Ella; ninguno de sus devotos pereció jamás... Es, pues, beneficio grande, es gracia inmensa de la bondad divina tener devoción a María, confiar en María, tender a la imitación de las virtudes de María».
            Y un escritor moderno agudamente apostilla y, subraya esas palabras: «La experiencia confirma esta gran verdad al ver que los grandes santos han sido siempre devotísimos de la Madre de Dios, y que, por el contrario, cuantos se alejan de Ella se han ido enfriando en el amor y fidelidad a Dios, su Hijo».
            Como es necesaria la Madre para la recta educación y cuidado del niño en su vida humana, así, en el orden espiritual, es necesario el cuidado de la Madre del cielo para el genuino desarrollo y para la plenitud de la vida de la gracia.
            Mucho se puede decir sobre la eficacia santificadora de la verdadera devoción mariana. Los principios doctrinales dan razón de los muchos testimonios de vida que la hagiografía nos ofrece. Ya su vez, los testimonios de los santos y de muchas almas anónimas son la mejor garantía del valor y autenticidad de esos principios.
            En vez de hacer razonamientos por nuestra cuenta, nos parece mejor copiar una página luminosa del Papa Pablo VI en su Exhortación Apostólica Ma-rialis cultus. Responde directamente a nuestro tema.
Dice así:
«...La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo y amaestrada por una experiencia secular, reconoce que también la piedad a la Santísima Vírgen, de modo subordinado a la piedad hacia el Salvador y en conexión con ella, tiene una gran eficacia pastoral y constituye una fuerza renovadora de la vida cristiana. La razón de dicha eficacia se intuye fácilmente. En efecto: la múltiple misión de María hacia el Pueblo de Dios es una realidad sobrenatural operante y fecunda en el organismo eclesial y alegra el considerar los singulares aspectos de dicha misión, y ver cómo ellos se orientan cada uno con su eficacia propia, hacia el mismo fin: reproducir en los hijos los rasgos espirituales del Hijo primogénito.
            La santidad ejemplar de la Vírgen mueve a los fieles a levantar los ojos a María «la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos» (LG 65) .Virtudes sólidas evangélicas: la fe y la dócil aceptación de la
Palabra de Dios; la obediencia generosa; la humildad sencilla; la caridad solícita; la sabiduría reflexiva; la piedad hacia Dios, pronta al cumplimiento de los deberes religiosos ; agradecida por los bienes recibidos, que ofrecen en el templo, que ora en la comunidad apostólica; la fortaleza en el destierro, en el dolor... la pureza virginal; el fuerte y casto amor esponsal. De estas virtudes de la Madre se adornarán los hijos que con tenaz propósito contemplan sus ejemplos para reproducirlos en la propia vida...
            La piedad hacia la Madre del Señor se convierte para el fiel en ocasión de crecimiento en la gracia divina… porque es imposible honrar a la «Llena de gracia» (Lc. 1.28) sin honrar en sí mismo el estado de gracia, es decir: la amistad con Dios, la comunión en El, la inhabitación del Espíritu. Esta gracia divina alcanza a todo el hombre y lo hace conforme a la imagen del Hijo (cf. Rom. 2, 29; Col. 1, 18). La Iglesia católica, basándose en su experiencia secular, reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda para el hombre hacia la conquista de su plenitud. Ella, la Mujer nueva, está junto a Cristo, el Hombre Nuevo, en cuyo misterio solamente encuentra verdadera luz el misterio del hombre» (MC 57).
Dos devociones especialmente recomendadas
            Son muchas las formas de devoción a María, y muchas también las devociones: el rezo del Ave María, de las tres Ave María, la devoción de la medalla milagrosa, del Escapulario bajo diversas advocaciones...
            En nuestros días los Papas han recomendado de manera especial dos devociones a la Virgen María. Son éstas: el rezo del Rosario, y la recitación del Angelus. Ambas devociones están dotadas de un mismo espíritu. Recogen el sentido bíblico de la alabanza a María y tienen un valor casi litúrgico para la Iglesia.
-El Rosario:
            El Papa Pío XII, en 1946, llamó al Rosario: compendio de todo el Evangelio; frase que recoge y comenta el Papa Pablo VI en Marialis cultus. El mismo Papa dice además que goza de una «connatural eficacia para promover la vida cristiana y el empeño apostólico» (MC 42) .
            El Papa Juan XXIII la tuvo como oración predilecta. Y lo mismo la tiene el Papa Juan Pablo II. Es una oración sencilla y rica, dice; practicable por todos, y como una «escala para subir al cielo» de manos de María. Oración cristológica y mariana, sencilla, humilde, querida por todos los devotos de la Virgen María.
            El valor del Rosario está precisamente en su contenido y en su estructura. Es oración vocal y mental al mismo tiempo; dos alas, dice Juan Pablo II, con las que nos elevamos hacia el cielo.
            El Papa Pablo VI explicó con detenimiento el carácter evangélico del Rosario, en cuanto saca del Evangelio el enunciado de los misterios y sus ora-ciones principales, y se inspira en el Evangelio, para sugerir las actitudes espirituales con que deben recitarlo los fieles. Por eso lo recomienda con tanta insistencia, tanto en el rezo particular, como familiar y comunitario.
            Después del rezo de las oraciones propiamente litúrgicas, el Rosario tiene la preeminencia, a juicio del Papa, por su valor y eficacia en orden a la santificación.
            «No cabe duda -dice Pablo VI- de que el Rosario a la Santísima Virgen debe ser considerado como una de las más excelentes y eficaces oraciones comunes que la familia cristiana está invitada a rezar» (MC 54).
-El Angelus:
            El Angelus es una oración mariana y cristológica, centrada en la meditación del misterio de la Encarnación. Suele rezar se tres veces al día: al principio de la jornada, al descanso del mediodía, y al crepúsculo, que cierra las tareas y los trabajos diarios. Es una manera de consagrar el día entero a Dios ya la Virgen Santísima; un modo de santificar, con una breve oración, el trabajo.
            Pablo VI recomendó vivamente esta oración, que según él no tiene necesidad de reforma ni de modificación, por su valor perenne, como alabanza y súplica. Dice así:
            «La estructura sencilla, el carácter bíblico, el origen histórico que lo enlaza con la invocación de la incolumidad en paz, el ritmo casi litúrgico que santifica momentos casi diversos de la jornada, la apertura hacia el misterio pascual  mientras conmemoramos la Encarnación del hijo de Dios, pedimos ser llevados "por su Pasión y su cruz a la gloria de la resurrección", hace que a distancia de siglos conserve inalterado su valor e intacto su frescor» (MC 41).
            El Papa Juan Pablo II ha recomendado vivamente a los fieles el rezo del Angelus Domini, que sirve para santificar los momentos del día. Ha manifestado su satisfacción por rezarlo juntamente con los fieles y ha recordado los ricos tesoros espirituales que contiene.
            «Mediante el Angelus Domini nos unimos espiritualmente entre nosotros, nos recordamos mutuamente, condividimos el misterio de la salvación y también nuestros corazones» ('De la oración mariana', en Czestochowa, 5.6.1979).
            «...Dentro de unos instantes rezaremos juntos el Angelus, que nos recuerda el anuncio gozoso del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios; lo rezaremos con una particular intensidad y devoción, porque queremos proclamar juntos nuestra fe cristiana y además dar gracias a Dios por las maravillas que ha hecho y continúa haciendo por la intercesión de María Santísima, a la que manifestaremos toda nuestra veneración filial» (' Angelus', en Pompeya, 21.10.1979).